Ojalá pudiera empezar a vivir. Tener claro al menos un objetivo, aunque sea el de no tener ninguno, y empezar a gastar el tiempo en vez de sólo verlo correr, irse.
Hasta no hace mucho pensaba al revés; creía que la vida consistía en que el tiempo pasase apaciblemente, en que los hechos se sucedieran y ya está. He descubierto que eso es la apatía.
Vivir es un verbo "activo" y se ha de agotar. Se han de invertir fuerzas en él, se ha de hacer rendir al máximo y te ha de quedar grabado en la memoria, para bien o para mal.
Las estrellas no son más que un destello, una quimera de algo que fue hace millones de años pero cuya huella aún persiste en nuestro cielo. El Principito amó a una flor que vivía en una estrella y esa es la razón por la que cada vez que observaba el cielo de noche se sentía feliz; porque en uno de esos puntos de luz, no sabía bien y realmente no importaba cual, se encontraba su preciada flor.
Tú, en cambio, sólo podías venir en forma de agua y es por eso que te busco siempre que llueve, que te siento en cada gota que cae del cielo; empapando mi pelo y mi ropa, calándome los huesos. La gente se pregunta porqué me niego a usar un paraguas, porqué corro a la ventana cuando escucho cómo te precipitas contra el cristal. La razón no es otra que el hecho de que sé que es a mí a quien llamas, que vienes a buscarme al balcón, trepando desde las nubes.
Yo, al contrario que El Principito, que sólo ha de esperar a que caiga la noche para elevar su alma, no puedo anticiparte. Rara vez me encuentras preparada para recibirte y para el tiempo que normalmente me acompañas casi que me vale más la pena disfrutar de tu corta compañía y dejarme de finuras. Y sí... lo cierto es que las gotas de lluvia, como las rosas, son efímeras: duran tan sólo unos segundos; mucho menos que las estrellas del pequeño príncipe, que consiguen hacerse ver incluso después de haber perecido. Lo bueno de la lluvia es que, al contrario que las estrellas, se puede sentir; que unas veces te acaricia y otras te golpea, que en ocasiones llega para refrescarte y en otras para calarte y dejarte postrada en cama unos días...
Es difícil mantener una relación con la lluvia; la peor parte es su veleidad. La lluvia es libre y no ofrece justificación a sus ausencias y quizás es por eso que me fascina, porque a pesar de carecer de ataduras es siempre fiel y tarde o temprano vendrá para empaparte, no importa que estés fea, recién levantada, enferma o magnífica... a ella le vale con que la estés esperando.
Preocúpate por encontrar a quien no le importaría besar tus vejigas de fiebre con tal de sentir tus labios una vez más; ve con cautela cuando seas tú quien no tenga reparo en hacerlo.
Desperté entre tus brazos; tu cintura entre mis piernas. Ya estás dentro de mí, como nadie nunca consiguió entrar. Ahora sólo espero poder hacerme un hueco también en tu pecho y que siempre nos sintamos cómodos ahí, así; el uno entre el otro, enredados.
Y es verdad, ayer lo supe. Quiero despertar todos los días de mi vida sobre tu cuerpo, respirando tu olor. Ya te siento parte de mí y no quiero volver a separarme de tus besos... me faltarías siempre, me has faltado siempre; ahora lo sé.
Subí a horcajadas sobre su regazo y le abrí mi pecho para
que pudiera descansar su cabeza sobre él. Lloró lágrimas guardadas, con caudal
constante y sollozo ahogado en una piel que siendo extraña, siempre consiguió
confortarle. Deseó por un momento meterse dentro de mí, hacerse un hueco entre
mi vena cava y mi arteria aorta, a sabiendas de haber elegido el sitio equivocado.
El juego sólo ha de jugarse si se respetan lasreglas… No me gusta ser rival ni árbitro,
menos ambos a la vez. Aún así... ¿qué tendría de especial si de vez en cuando no se jugase sucio?
Desaparecerás entre la espesura del enmarañado bosque que
sin haberlo elegido desconozco. Perteneces a un universo paralelo del que me
siento totalmente ajena, al que tú no quieres que me asome, ya no sólo por
preservar y reclamar tu intimidad sino por salvar esa parte de mí que aún no se
ha viciado. A pesar del tiempo, la distancia y los errores, a pesar del frío
que se cuela entre nosotros estemos ya cerca o lejos, sigues queriendo
protegerme del mundo, salvarme de todo incluso de ti.
¿Cómo me preguntas si te quiero? ¿Qué quieres oír salir de
mi boca? La respuesta fácil es ese inmutable sí, esa incondicional promesa de
fidelidad que la fraternidad nos brinda. Claro que te quiero, sí, pero tú no
preguntas por eso. Debería responder quizá acerca de todas las cosas que haces
o dejas de hacer que te alejan cada vez más y más de mí, de lo que me cuesta entablar
una conversación normal contigo, de lo difícil que se me hace un instante a
solas, sintiéndome obligada a empezar una conversación que rompa el hielo que
ha cubierto ese trozo de corazón que nos debemos, como si de un extraño se
tratase. Te quiero, sí, pero no te conozco… y si no te conozco es difícil sentirte
cerca, recurrir a ti o demostrar lo que no debería tener cabida en palabras.
Echo de menos estos días contigo, porque sé que me faltarán y no tengo certeza de hasta cuándo. Sígueme descubriendo tesoros, hazme crecer segura pero contigo, quiero que te sientas partícipe de mí así como yo inundo ojos y alma cada vez que te escucho, cada vez que frente a mí puedo admirar al músico en que te has convertido, pero más al hermano; porque con la música siempre sabes llegar a mí, entonces no hay palabras de más, pero sobretodo, no las hay de menos.
Despiértame y hazme salir de la concha cuando el sol ya se haya ido. Quiero que tomes mi mano y me guíes por la orilla del mar, sentir mi huella junto a la tuya por un instante, lo que tarde la espuma del tiempo en hacerla perecer.
No somos infinitos: ni tú ni yo, ni yo contigo. Por primera vez tengo la certeza de un gozo caduco y es entonces que compruebo lo intenso, que saboreo la gloria de un momento a solas. Sé que no eres para mí, que yo vivo de día y tú eres de costumbres nocturnas, un depredador nato. Aún así, he precisado aventurarme a disfrutar de lo prohibido contigo para comprender que confiando en la infinitud de una relación, de un sentimiento, se mata la espontaneidad, el deseo; se imposibilita cualquier atisbo de amor, de ese amor loco de atar. Me gustaría amarte sólo por tener la oportunidad de hacerlo, pero ni tú ni yo queremos que eso pase.
Tú te contentas con que te conceda paseos a medianoche, yo me fascino porque la receta más ansiada me ha sido revelada por el cocinero menos esperado.